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sábado, 26 de junio de 2010

España gana dos a uno en fútbol pero tambien gana en educación

Ayer el partido puso las emociones a flor de piel para los españoles. Hoy es el día de después de...Es fin de semana y ¿qué mejor momento para agradecer a Fabiola este maravilla de autorretrato lector: leer en la vida? En la tribu, tenemos que compartir el saber apreciar el esfuerzo sin recompensa material, ni estrellitas, ni regalos sino por el placer de aprender  a leer: en los libros y en la vida.
Gracias Fabiola por haber confiado a  tu hijo a nuestro centro y por compartir tu tiempo y tus abejas, y tu saber cuidar un huerto con todos nosotros.


Buenos días Doña Díriga:

Creo recordar que lo que quieres saber es: qué o quiénes me han inspirado en mi vida.

Esta pregunta me ruboriza, supongo que aparece en mí la timidez de mi niñez y el sentir que yo no me considero nada especial.

Mis primeros y más duraderos maestros han sido mis padres.
Mi padre me enseñó a leer y a escribir, a trabajar, me transmitió su pasión por la naturaleza y a no tener miedo de las abejas.
Mi madre, con once hijos, nunca tuvo tiempo de no hacer nada, ni de estar deprimida. Aprendí esto de ella. También aprendí a tener compasión por los animales y por extensión de las personas. Me enseñó a cocinar, coser, limpiar, reparar, reciclar, preservar... Si, todas esas tareas que supuestamente una mujer que va a la universidad no va a necesitar... Pues bien, todas ellas han sido valiosísimas en mi vida; la han enriquecido, han sacado mi aspecto creativo y han ayudado a que hiciera hogares en todos los sitios que he vivido.

Los primeros años de mi infancia fui a un colegio de monjas y aprendí de ellas el gusto por la justicia. No porque ellas lo practicaran, sino por lo opuesto. En el colegio público, al que acudí después, hubo varios maestros de ciencias que hicieron mella en mi sobre todo porque eran mas justos y pasionales en sus relatos.

El bachiller lo cursé en la Universidad Laboral de Cáceres. Cuando pienso en esos años, los pensamientos se aglomeran en mi cabeza sin orden. Era tanta la presión académica y social que encontré aquel ambiente hostil para mi formación académica y ciudadana. Sin embargo, hubo un maestro que incrementó mi gusto por la vida y fue el profesor de Biología. Su tristeza me producía tanta compasión que estudiaba con esmero su asignatura con la esperanza de que ello lo levantara el ánimo. No creo que lo consiguiera.

Madrid abrió puertas culturales y me enfrentó a situaciones políticas, económicas y sociales nuevas que ayudaron a mi formación. Algunos de mis profesores de biología, a pesar de no ser muy elocuentes oradores, supieron transmitir la importancia de cuidar y manejar sosteniblemente nuestro planeta. Esta lección la he practicado desde entonces.

Viví
en Nicaragua cinco años y sus gentes, paisajes y situaciones fueron una escuela de aprendizaje constante. Cierro los ojos y vienen a mi memoria un sinfín de imágenes. El anciano campesino que te da su compañía y protección ya que es lo único que tiene; el entusiasmo de las mujeres sembrando árboles para reforestar la selva explotada por las empresas capitalistas; la tranquilidad y la atenta mirada de los niños en la clase, no sé si por interés de lo que les cuento o como indicativo de la falta de proteínas en su dieta; las interminables colas; la falta de valor de la moneda, la belleza de la selva virgen.. Discusiones políticas, reflexiones, mi juventud...

Gran Bretaña también ha sido una gran maestra. Aprender un nuevo idioma trae consigo muchas cosas, alegres y tristes: la impotencia de no poder expresarte y la alegría de cuando te entienden, el sentido del ridículo y el sobreponerse a él; la falta de respeto por unos y la consideración de otros, la discriminación injustificada y la confianza absoluta no esperada; nuevas culturas y la reconsideración y análisis de la propia...

En fin, Doña Díriga, creo que en este hacerse día a día, contribuye todo. Incluso tú. Recuerdo mi primer día en la huerta del cole, limpiando lo que entonces era un lugar semiabandonado y sucio. Te acercaste con tus niños. Vi, oí y sentí como te dirigías a ellos y pensé, que suerte tienen estos niños y que suerte he tenido yo de conocer a alguien que esta contribuyendo a que estos niños sean un día adultos felices.

Con cariño y mucho respeto,

Fabiola